jueves 12 de noviembre de 2009

Gotas de floristas nocturnos


Dormitan. La cabeza cae de a poquito para un costado y cuando está a punto de tocar el hombro vuelve a levantarse como el reflejo de una rodilla golpeada por el doctor. Dormitan dentro de un cubículo rodeado de flores. Parecen muertos. La gente pasa por las veredas lista para conciliar el sueño mientras ellos pelean contra él. Nadie sabe si venden de noche. Nadie sabe si la teoría de la falopa es cierta. ¿Dónde están los clientes? Las flores son un producto poli-mercado: conquistan a una chica y despiden a un muerto. Se me ocurre que a la noche el único comprador es el desesperado por ponerla. Ya probé por todos los caminos, lo último que me queda son las flores. O quizá aparezca el anticipado, ese que quiere sorprender a alguien dejándole las flores para cuando se despierte. ¿Y el asesino? ¿Por qué ninguno deja flores al costado de los fiambres triturados?

Los floristas tienen la dura misión de apaciguar la vergüenza. Para un hombre ir a comprar flores es como para un adolescente comprar forros, con la diferencia de que éstos se guardan en el bolsillo y chau. Las flores nos acompañan por el camino y sentimos que el mundo nos mira desde el google earth. Que dentro de los autos se están armando un festín con la imagen de ese boludo caminando con un ramo de plantitas de colores para la novia, o peor aún, para la mamá. Los floristas lo saben y más de uno debe disfrutar de ese sutil sufrimiento del cliente.

Pero los floristas de la noche viven otro tiempo. La ciudad duerme y ellos también quieren hacerlo. Acomodan su espalda en la silla. Colocan sus piernas en otra. Y arman lo que pueden. De vez en cuando escuchan algunos pasos de cerca y reaccionan. La noche es la lucha entre ellos y el sueño, entre sus productos y los fantasmas que los compran. La noche es el entierro de su esquina de flores arrancadas que simulan vida. Quizá el comprador de noche es el que tiene vergüenza de hacerlo de día. Quizá el vendedor de noche es el que no puede apaciguarla. Los floristas duermen y las flores mueren esperando que alguien ponga plata para el entierro.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Gotas de viajes urbanos


Se consume, como un pucho, como una coca-cola, como un laxante. Algunos se pasan volando y otros duran milenios. El tiempo del viaje urbano no entra en ningún lado. Es el tiempo suspendido. El tiempo permitido para no hacer nada. Para mirar por la ventana. Para mirar a la gente e imaginar sus vidas. Para leer un libro tranquilo. Para escuchar música sin culpa. Para hacer cosas que no produzcan productos. Para consumir un tiempo inútil. Para pensar sin tiempo. Para no mirar el reloj. Para ver los niños escondidos en los pulgares que juegan con los celulares. Para observar la calle. Para ver cómo pasan los autos, los oficinistas, los viejos, los novios, las motos, las pizzas dentro de las motos. Es el tiempo suspendido. Es el tiempo quejoso. Es el tiempo compartido. Muchos sin poder hacer nada. Muchos en un mismo vagón. Sobre cuatro ruedas. Nos miramos. Nos bostezamos. Nos puteamos. Nos guiñamos. Nos apoyamos. Nos leemos. Nos espiamos. Nos seguimos. Nos robamos. Nos vendemos. Nos compramos. Nos perdemos. Nos ayudamos. Nos charlamos. Nos escuchamos. Nos dormimos. Nos caemos. Y hay tanto para hacer, tanto tiempo sin necesidad de justificar, que no sé por dónde se empieza.

sábado 31 de octubre de 2009

Gotas de brujas


Los nenes van agarraditos de las nenas y una señorita disfrazada de gran calabaza les dice que “come on” que “beware of the street”. Van llegando en filita desde no sé dónde hasta su jardín de infantes en el barrio de Belgrano. Una casa antigua vestida de jardincito con sus juegos en miniatura y unas sillas de 30 centímetros que los esperan en ronda. Los nenitos y las nenitas que apenas pueden llamar a sus mamás para que les limpien la cola después de hacer caca, hablan en un inglés equivalente al de mis 10 años de estudio. Una nena le enseña a otra la escoba que trae con su disfraz de bruja. Los nenes se asustan entre sí con sus colmillos vampirescos. Y las señoritas más que señoritas empiezan a jugar en las mentes de los transeúntes como actrices de una película de terror pornográfico infantil.
Los nenas y las nenas llegan a la ronda y empiezan los juegos in english. El guardia de seguridad se asegura de que no haya ningún intruso mirando cosas que no hay que mirar. Pero el jardincito tiene su patiecito abierto a la comunidad, resguardado por unas rejas chiquitas como sus clientes y unos cartelitos in english, oh my god, all in english, que anticipan desde hace algunas semanas esta gran fiesta de Halloween. Los vecinos miran. Algunas señoritas se dejan mirar. Corren. Cantan canciones. Canciones in english. Y se reparten las golosinas de la noche de brujas en medio de un mundillo globalizado que los espera para enseñarles algunas hechicerías.

jueves 29 de octubre de 2009

Gotas de un mercado


Los anteojos ray ban del gringo silencian la poca luz del pasillo. De vez en cuando, algún flash europeo ilumina los objetos. El teléfono que tu abuelo esperó con entusiasmo. Los frascos de caramelos. Las muñecas que de tan antiguas empiezan a verse malditas. Y en el fondo la carne, la Argentina, la carne. El tomate. La lechuga. El pomelo. La manzana. La berenjena. La banana que respira a centímetros de una muñequita sin aire. La milanesa que se baña en pan rallado a pasos de un vestido que alguna vez juró amor eterno. Y los vendedores. Los dueños. Las historias. Las almas. Las manos que ponen un disco de vinilo a una cuadra de algunos bares con wi-fi. Las manos que compran y venden historia como quien lo hace con unas galletitas. Lo que fue. Lo que es. La computadora en la que escribo hoy. Adorno del mañana. El teléfono en el que hablaban ayer. Fetiche del hoy. Y empiezan comprando alguna cosita. Un autito del año 50. Compra y venta. Los vendedores esperan en sus locales. Conviven bajo un enorme cielo de chapa. Cada uno con su especialidad. Con su brecha de mercado. Los objetos del pasado tienen algo. Pasados eternos. Los objetos del pasado duraban años. Los abuelos se quejan. Y dicen que su heladera los acompañaba de por vida. En los pasillos del Mercado hay vida eterna. Y yo me pregunto si el mp3 que me compré hace 2 años ya está para ofrecerlo en alguna de las tiendas.

Foto: Malena Sánchez Moccero

jueves 18 de diciembre de 2008

Prefiero las comidas lentas


Patio de comidas rápidas. Devoro y corro. Ayer comí ahí y el libro que tenía en mi mochila de Hesse para suavizar las dos horas sándwich no fue necesario. Terminé mi comida rápida y miré y escuché y recopilé.


Una madre llega a la mesa con una bandeja de Mcdonald’s. Abre la cajita infeliz de su niña de no más de tres o cuatro años y saca las patitas de pollo. Una por una. Las rompe a la mitad. Una por una. Con la histeria de un pornoco. Las rompe a la mitad y las pone bien a la luz. La nenita le dice que no, pero ella sigue. “Quiero ver si están bien cocidas”, le dice. Deja las ocho mitades en una servilleta y con furia las vuelve a meter en la cajita. Se para. Va a la caja. Y no escucho lo que dice. Pero me imagino. A los tres minutos vuelve con otra cajita y repite el acto. Está vez está todo bien, y la nenita empieza a comer, mientras su madre devora unas papas fritas que siento que reemplazan lo que realmente necesita.


Dos gorditos de diez años esperan a su madre. Después de unos minutos llega con una bandeja y alguno de esos sándwiches de pollo que sacó Mcdonald’s. “No están sacando carne”. Y agarrate catalina. El gordito rubio enloquece. “¡¡¿Cómo que no mamá?!! ¿Y por qué no compraste otra cosa?” El otro gordo agrega: “Yo ni loco como esto”. La madre resignada. No habla. No mira. Solo come su coso de pollo. El gordo rubiecito se levanta, le pide plata con la intención de ir a comprar otra cosa, pero la madre resignada. No habla. No mira. Solo come.


Dos teenager con dejos de casi ángeles y más accesorios que el arbolito de navidad que armó mi vieja el otro día, caminan por el patio de comidas en busca de una mesa. Se paran en la de al lado mío, pero hay un problema: no tiene sillas. La teenager más teenager de las dos, con un peinado más trabajado que todos los tomos de física cuántica de la Biblioteca Nacional, llama a una de las chicas que levanta las bandejas de las mesas y le dice: “No hay sillas acá”. Lástima que las palabras escritas todavía no puedan emitir sonidos. Lástima que la comunicación no verbal no pueda ser expresada en este blog. Pero para que se den una idea, lo dice con la misma entonación que la Legrand cuando reta a alguien, o Chiche Gelblung cuando denigra a sus empleados. La chica de limpieza la mira resignada, y yo pienso qué carajo pensará por dentro.


Una niña muy niña, de no más de dos años, abre con ansiedad el regalito que viene en la cajita feliz. Es un león de peluche bastante divertido. La madre lo agarra y juega. La niña ríe. La madre lo agarra y lo utiliza de títere. La niña ríe tanto que le convida al león unas papas fritas. El león las come contento. La madre también. La función sigue unos minutos más y es la última que veo en este patio de comidas. Me voy con la imagen del león hablándole a la niña y endulzo un poco el sabor amargo que me dejó el café sin azúcar.


Prefiero las comidas lentas, ¿y vos?

jueves 11 de diciembre de 2008

Ropa exterior


Piense usted señora,
que más que bombachita tiene bombachón,
que su vida interior ya se vende como una papa, un tomate o un melón.
También piense usted señora,
que más que tanguita tiene un tangón,
que sus partes íntimas serán recubiertas por partes públicas que descansan como soretitos de perro en el medio del peatón.

Esté atenta usted señora,
no vaya a ser que piense que la vereda también oficia de probador,
su tremendo culo podría asustarnos al probarse ese bombachón.
Y fíjese bien usted señora,
que el corpiño rojo llama la atención.
Quizá le sirva al pito de su marido para levantarse del siestón.

No se olvide usted señora,
con su culito celulítico y cremón,
que tal vez sea mejor comprar en la calle,
para no ver las fotos de la Prandi o la Pradón.
Escuche usted señora,
con sus tetas paraditas ahora con forma de lagrimón,
que el conjuntito violeta podría devolverle una alegría
o ese grito olvidado del Oooh!

Recuerde usted señora,
que estas palabras no quieren malinterpretación,
más vale ver su culito tapado,
que sin ropa interior.
Y también recuerde usted señora,
que estas palabras solo buscan entender la decisión,
de comprarse una bombacha o un corpiño,
en el medio del montón
(sin vergüenza y sin pudor).

jueves 4 de diciembre de 2008

Si imprimís este artículo tenés un 20% de descuento en el complejo Tita Merello


Si Marx se levantara de su tumba para dar una vueltita por alguna avenida porteña o visitar un shopping, cambiaría el concepto de religión por el de “los descuentos son el opio del pueblo”. Descuento aquí, descuento allá. Si comprás dos te llevás tres, y si te comprás tres te regalamos un viaje en lancha por las islas del tigre. ¿Y si solo buscaba un calzoncillo?

El porcentaje de descuento es al consumidor lo que la sorpresita del huevo kinder es al niño, o lo que los "pases gratis" a los boliches de bariloche son al adolescente. Nos alegramos, sentimos que por fin alguien nos regala algo, que por fin les cagamos unas moneditas a esos crueles empresarios capitalistas que nos cortan las piernas todo el año, pero pará...¿vos qué galletita comiste hoy? Y bueno, la inflación. Y bueno, la crisis. Y aparece el Dios Promo y la palabra más utilizada de su reino: “Aprovechá”. Que 15, que 20, que 25, que 30, que 40% de descuento!!!! Que en una, que en dos, que en tres, que en seis cuotas sin intereses!!! ¿Y si en vez de gastar tanto en la impresión de cartelitos rojos y enormes del Dios Promo bajamos un poco los precios? ¿Y si solo buscaba un calzoncillo?

jueves 20 de noviembre de 2008

Entrando al verano


Viento y esquinas. Frío. Extraño el invierno. Buenos aires es una ciudad invernal, ¿o todavía no se dieron cuenta? Buenos Aires es lluvia y café. Es la avenida Corrientes encapuchada hasta las bolas. Es el mozo trayendo un submarino más grande que la angustia. Es la bufanda evitando que digamos boludeces. Buenos Aires es gente trotando por microcentro para calentar sus huesos. Es la sopa de la noche. Es encontrarse, abrazarse, besarse y sentarse en un café. Es las mil prendas que nos convierten en patovicas urbanos. Es el cielo gris que nos llama a leer una aguafuerte de Arlt. Es el paraguas roto que se vuela cruzando la avenida. Es el humo infinito del cigarrillo que se mezcla con el vapor humano. Es las ganas de llegar a algún lado. Es la motivación para escribir sobre lo único que vale la pena ser escrito. Buenos Aires es una ciudad invernal, ¿o todavía no se dieron cuenta? El calor es mal humor que se derrite hasta las pelotas. Es subte que actúa de horno nazi. Es tener una única y sola amistad: el aire acondicionado. Es alegría, puede ser, pero la alegría sin dudas es brasilera. Es perder la magia del abrazo. Es la falta del calor humano. Es la falta de sangre. Buenos Aires es mejor con ese cielo oscuro, o por momentos blanco. Un cielo que solo escupe ráfagas de frío, como acentuando la tristeza, lo único que vale la pena ser escrito.

sábado 11 de octubre de 2008

Bolsa de cartón


Caen las bolsas. El fin del mundo llega en cuadraditos verdes. También faltan monedas. Las venden. El otro día mi vieja fue a hacer las compras al mercadito de la esquina, y como no tenían monedas para el vuelto, le dieron una banana. Cayó a casa con una banana man. Está pintando el trueque. Te cambio una pulsera por un sweater. Te cambio un beso por una empanada. Y el fin del mundo llega en forma medieval.
Caen las bolsas. No entiendo absolutamente nada. Veo fotos de tipos trajeados llorando. Lloran. Ven una pizarra electrónica que cambia algunos números y lloran. Caen bolsas repletas de plata y empieza a desmoronarse todo. De EE.UU al mundo, y del mundo a la nada. Caen las bolsas y alarman: Crisis mundial. ¿Y si esto se llama crisis lo de antes que era? Crisis mundial: Algunos multimillonarios pasarán a ser millonarios. Cae una bolsa, y caen las demás bolsas. El mundo se transforma en un gran dominó repleto de fichas inocentes que caen, caen y siguen cayendo, mientras dos, tres, o cuatro jugadores miran y lloran. En unos minutos volverán a jugar contentos.

lunes 16 de junio de 2008

Estar-buckisado


Estamos starbuckisados. Nacimos para eso. Cuando vivía en el interior del país, si alguien viajaba hacia la gran capital, el saludo de reencuentro era sencillo y directo: “¿Viste algún famoso?”. Es que estamos starbuckisados. Nos encanta. Consumimos películas, series televisivas, revistas de peluquería y queremos lo mismo. Eso. Justamente eso quiero. Y no pienso quedarme atrás. ¿Hay cola? Me la banco. Me la banco porque estoy starbuckisado y eso significa aguante: Hacer una cola de 40 minutos para tomar el mismo café que vi en esas películas yankees que toman un café del tamaño de una coca cola gigante en un partido estúpido de beisball, pero dos veces más caros que un café argentino. Estar starbuckisado no es sencillo, no es para todos. Paciencia. Hay que tener paciencia. Seguir el ritmo de una estrella hollywoodense y jamás tropezar. Estar starbuckisado es no quedarse atrás. Ser pionero en toda conversación starbuckisada y poder afirmar con sonrisa starbuckisante: “Yo fui”. “Lo probé”.

Estamos starbuckisados porque nacimos para eso. Para hacer cola de 40 minutos por un café. Ahora. Ya. Minutos después de su llegada al país más sudaca de los sudacas. Y me imagino a John Starbucks con un mapa en su escritorio. Imagino su dedo punzante girando sobre un eje. Ahí va el dedo. Cuidado. Te dije que ahí va. Llega. “Me dijeron que los argentinos son sumamente starbuckisante, ¿es cierto?”. Claro que sí John. ¡Adelante y bienvenido!

miércoles 28 de mayo de 2008

El invierno todo lo perdona

El ruido del viento me justifica. Me perdona. La cama adentro y mi ventana en el medio de dos planetas. Me despierto y el silbido ventoso me trae a la mente imágenes de películas sureñas, como Historias Mínimas, o frases de crónicas periodísticas que viajan al sur y traen un único recuerdo: el viento, el ruido. Tengo que levantarme, alguien me obliga, no sé quién, ni cómo, ni cuándo, pero alguien tiene que hacerlo. El frío te da esos minutitos de changüí, de disonancia cognitiva…total hace frío, puedo, vale, no pasa nada. Colcha, frazada, las piernas pegadas como con voligoma, y la ventana de al lado separando los dos planetas. Pero el perdón se termina, basta. Los minutitos que estás robando ahora son blasfemia. Todo tiene un límite. Casi todo. Y afuera el viento sigue soplando en forma de despertador angustiante.

martes 29 de abril de 2008

Gotas de frío

El frío patea. De dónde, cómo. Es como si mil pelotazos de pelotas plásticas rebotaran con furia en tu cachete y cayeran hacia la nada. Hacia un pozo ciego más ciego que el que baila con Tinelli. El frío patea, pero con patadas dulces. El frío potencia la tristeza más triste de todas. Es lo más parecido a la soledad hecha clima. A la angustia dulce. Porque es rica. Angustia dulce, que te transporta a los brazos más cercanos. ¿Y si no los hay? Angustia dulce y fría. Fría como un helado que te carcome los dientes, que te congela la lengua, que te acompaña. El frío corre, y vos estás ahí: jugando a las escondidas con tus manos. Y el bolsillo de la campera pasa a ser el techo más importante del mundo. Corrés. Corrés. Y no llegás. Algún abrazo. Algún lugar cerrado.

Y la soledad. Esa puta soledad que potencia el frío, empieza a ser tranquilizada por esa colcha que tapa desde los dedos, pasando por los huevos, hasta la cara. Y ahí estás, ahí seguís: deduciendo entonces que el frío es el clima de los extremos: desde ese abrazo infinito cercano como una chimenea, hasta la soledad más triste de todas las soledades del mundo.

martes 18 de marzo de 2008

Convivencia subterránea


El señor de las tarjetitas camina por el subte con calma, en silencio, como si cada repartija acallara cada vez más sus palabras. Tiene de todo, lo que venga: tarjetitas de mickey, minnie, ositos gays que simulan infancia, estampas religiosas y calendarios que dicen que sos el amor de mi vida, que la vida sin ti no tendría sentido, y que lo cursi a veces quita una sonrisa. El señor de las mil tarjetitas las va dejando en nuestras piernas. Acá no hay mano que valga. El vagón se empieza a transformar de a poco en una gran vidriera compuesta por piernas que exhiben la mercadería. Yo la quiero. Yo no. El sistema de compra parece ser fácil.

El señor de las tarjetitas sigue caminando, y esta vez es el turno de mis piernas, o mi libro. Dos tarjetitas interrumpen mi lectura y me quedo pensando. Puta, monedas no tengo. Pienso en gotas, celular en mano, foto casera. El celular hace ese ruido molesto de cámara de fotos y la verdad que mirando desde afuera la situación parece bastante pelotuda. La mina de al lado me lo confirma con una mirada extraña hacia la pantallita de mi celular, pero no importa. Tengo la foto, y ahora pienso más tranquilo.

Gauchito Gil. Jesucristo. Los dos reposando en mi pierna. Es una imagen rara, pero me gusta. Ecumenismo en el subte. Ecumenismo en el subte, me dan ganas de gritar. Pero mejor me quedo en silencio, con la sensación de haber sostenido por unos segundos una pequeña porción de la tolerancia religiosa; esa que a veces desaparece, pero que el señor de las tarjetitas se encarga de volverla a mostrar, así al tuntún, al toca-toca, al boleo. Y me imagino al Gauchito y a Jesús jugando al fútbol en el cielo.

miércoles 12 de marzo de 2008

De cara a la libertad


Cuidado con el sol que despierta.
Cuidado con el sol y los ojos.
Ojos bien cerrados. Paisaje oscuro. No hay nada para ver. Ni nadie tiene que verte.
Solo hay que taparse. Esta vez con el casco.
Son la siesta y vos. Nadie más. La siesta, una pequeña y rica siesta.

miércoles 5 de marzo de 2008

Histeria, miedo, o qué.


Es la ciclotimia. El miedo. Aparecer o no aparecer, esa es la cuestión. Y el calentamiento global, y los desechos tóxicos, y los tornados en el Río de la Plata, y qué carajo está pasando.
Es ciclotimia. Es miedo. Lo sé. El sol corre, y como quien se tapa la cara por convertirse en un tomate colorado, aprovecha de las nubes para el escondite. Piedra libre para el sol por favor. Piedra libre y que sea libre de una vez. Y el calentamiento global, y los tornados en el río más ancho del mundo, y qué carajo está pasando.

El sol se muestra. Se esconde. Es como un niño caprichoso. Es como un niño con menos libertad que risa. Y por momentos me da pena. Y por otros me siento culpable. El otro día me soplé los mocos con un carilina y no encontré tacho y lo tiré al piso. Culpa. Asesinato. Homicidio culposo. Y los residuos que hacen mierda al planeta. Y la ciclotimia total. Sol histérico, o ¿es que simplemente le damos vergüenza? Sol miedoso, o ¿es que ya no quiere vernos? No sé, no entiendo. Ni Confesore lo sabe. Porque hay sol, pero hay lluvia. Hay cielo, pero cubierto en segundos. Hay camperas impermeables, pero calor. Hay de todo. Y quizá como en el síndrome pre menstrual de la mujer…al sol también le está por venir, algo, pero aún nadie sabe qué.

martes 19 de febrero de 2008

Ariel, chofer de la línea 152, nos sugiere

lunes 18 de febrero de 2008

Sobre expertos


El hechicero del amor me tienta. No él en sí, claro. Me tienta embarcarme en la experiencia: abrir el paint, dibujar un afiche con mi teléfono mediante, colgarlo en un tacho de actitud Bs. As., y esperar, esperar...esperar el primer llamado que caiga en mi hechizo. Y charlar, charlar, hechizar el alma, la vida, el amor, la pareja o ex pareja, los hogares fracasados. ¿Is there anybody out there? ¿Quién llama? ¿Quién sufre? ¿Quién hechiza? Algún experto, no caben dudas. Y sino, ¿quién haría algo así?

Nota: Por razones de seguridad amorosas del autor, el teléfono no fue publicado.

jueves 14 de febrero de 2008

Carnaval toda la vida


Son las nueve de la noche y las agujas del reloj le hacen frente al azul del cielo. Son las nueve de la noche y los ritmos del bombo y redoblante hacen que el tiempo sea casi un juego, o algo digno de ser bailado y no consumido. Son las nueve de la noche, pero para ellos la hora no marca el ritmo.
Hay nenes. Hay nenas. Bailan al costado de los grandes y los miran como reflejándose en el futuro. Nadie sabe si en su sangre llevan murga o los restos de una cajita feliz mal digerida. No importa. A ellos no les importa. Y a los que vemos menos. Ellos bailan, a veces cansados, pero bailan. Alguien les habrá enseñado esta danza, alguien se las habrá inculcado. Y los cuerpos que miramos de costado guardamos algo que reprime el señor ridículo: el baile…dios mío necesito bailar. El bombo, el redoblante, los platillos, el silbato. Mi pie se mueve al compás de la música mientras me mira a los ojos pidiéndome el baile. Pero no. No da. Lo cierto es que no da. La avenida Juramento se rellena de fiesta y papelitos y los nenitos siguen bailando.

Detrás de ellos se asoma la murga. Muchachos descontrolados con pinta de que aunque ganes o pierdas no me importa una mierda y de local o visitante yo te vengo a ver golpean sus instrumentos dándole vida al baile. Y sin ellos nada tendría sentido. Nada de esto.
Entre la murga y el baile veo a un jefe corriendo con velocidad de jefe: “vamooooo locooooo, vamoooooo”, grita motivando con un dejo de autoritarismo, pero realmente motivador. Los nenitos lo escuchan. Los nenitos lo miran. Y los restos de la cajita feliz en su sangre se encienden para darle más ritmo a sus piernas.

Y la murga está llegando a su fin, anuncian las miradas cómplices de los murgueros. Ritmos desordenados anticipan el estallido final mientras llegan los aplausos monstruosos de los que estamos al costado. Al costado del camino que marca la murga. Al costado del miedo al ridículo. Al costado del deseo de estirar las piernas, de mover los brazos, de gritarle al cielo azul de las nueve de la noche que se apague por un rato. Al costado de todo eso. Y ojalá que mi cuerpo sepa disculpar mi vergüenza.

miércoles 30 de enero de 2008

Capas de piel


Paradoja. Vergüenza. Porque la ciudad regala eso.

¿Te podrán photoshopear el alma?

Piel lisa, lisa de bebé. Y tu edad que se esconde entre miles de capas maquillosas que terminan avergonzando la parte trasera de un colectivo. Y tus arrugas que se asfixian entre esas miles de capas maquillosas que poco salen a pasear (pobres). Un colectivo repleto de joyas. Joyas pintadas. Alguien que recomienda. Y la publicidad no tradicional que llega al límite de lo absurdo.

¿Te podrán photoshopear el alma?

Una sonrisa enorme, de esas sonrisas colgate. De quién serán esos dientes, de quién será ese pelo, de quién será la idea de poner a una lady en la parte más sucia y ruidosa del transporte más ruidoso de los transportes. La publicidad tiene algo de eso: el límite, el límite, cuál es el límite señora, cuál es su límite. Almuerce en paz, tranquila, se lo recomiendo. Con chancletas y camisón. Despeinada y con arrugas al viento mediante. Ría como en la foto, que le queda bien. Recomiende sus joyas, usted sabe, usted conoce.

El colectivo la lleva, algo la pasea. Mire la ciudad, aproveche, así no habla de más. De su imagen sale humo, humo del sucio, ese que contamina y enferma a los perros. Y usted seguirá paseando, recomendando joyas al viento, como si la gente las consumiera. Y la publicidad seguirá jugando, siempre al límite, descubriendo lugares inhóspitos desde donde disparar consumo. Y en un futuro cercano usted también podrá jugarse a recomendar, por ejemplo, algún papel higiénico. O mejor sus húmedos pañales, algo que ni el photoshop arregla.

Foto: gentileza de Malena

jueves 24 de enero de 2008

Gotas de mar



De chico –condición natural- preguntaba. No tanto por curiosidad (a veces), sino por miedo. Miedo a no saber responder en un futuro esos mismos interrogantes que yo me hacía. Me imaginaba manejando un auto y al costado mi hijo… “Papá, ¿por qué pasa esto, o lo otro?”. Y yo mudo, demostrando la mayor ignorancia paterna del planeta. Con el tiempo fui aprendiendo a degustar la mentira (la mentira inocente, esa que les dice a los niños que el olor a poxipol es rico, pero que si lo huelen les va a doler mucho la cabeza), y me quedé más tranquilo. Fui notando que no era necesario saberlo todo, y que el tiempo iría enseñándome algunas verdades, algunas respuestas, algunas mentiras.

Uno de los mayores interrogantes que tenía en mi infancia cada vez que pisaba la playa era el más allá. Cuestión puramente curiosa, o molesta. No entendía, no entendía. No entendía con qué me chocaba si cruzaba todo el océano.

-Papá, si ahora cruzo con un bote todo este mar, ¿con qué me encuentro? ¿qué hay allá? ¿cuánto tiempo lleva?
-Y otro país, otro continente, islas.
-Pero qué países, qué islas. ¿Vive gente ahí?

Me quedaba mirando el mar, imaginando. Tenía imágenes de Cristóbal Colón en mi cabeza. Recuerdo que una señorita de segundo grado nos lo había explicado con dibujitos dementes que mostraban a varios tipitos en un barco llegando a una tierra desconocida. Yo podía hacer lo mismo. Lo imaginaba. Un barco. Varios amigos. Descubriendo algo.

-Papá, si ahora cruzo con un bote todo este mar, ¿con qué me encuentro? ¿qué hay allá? ¿cuánto tiempo lleva?
-Y otro país, otro continente, islas.

Y todo eso me parecía raro. Seguía pensando en Colón, y mientras mojaba mis pies en el agua, pensaba que del otro lado –en ese momento parecía otro planeta- alguien también los estaba mojando. Compartíamos una enorme pileta mundana repleta de peces, algas y restos de petróleo. Y ni pensar si hacía pis: mi pis podía tocar la pierna de algún miembro de una tribu caníbal, o algo por el estilo.

Ahora es este chico, mañana otro. La arena, el castillo, el pozo, el mar suicida y las olas que lo acompañan. Un interrogante. Algo que miro. Sigo mirando. Pileta gigante, miles de visitantes. Nos separa un cacho de agua. Nos separa un pozo inundado de vida extraterrestre que de vez en cuando aniquilo en una paella. Y yo que seguía sin entender muy claro:

-Papá, si ahora cruzo con un bote todo este mar, ¿con qué me encuentro? ¿qué hay allá? ¿cuánto tiempo lleva?

Foto: gentileza de Malena