
Los floristas tienen la dura misión de apaciguar la vergüenza. Para un hombre ir a comprar flores es como para un adolescente comprar forros, con la diferencia de que éstos se guardan en el bolsillo y chau. Las flores nos acompañan por el camino y sentimos que el mundo nos mira desde el google earth. Que dentro de los autos se están armando un festín con la imagen de ese boludo caminando con un ramo de plantitas de colores para la novia, o peor aún, para la mamá. Los floristas lo saben y más de uno debe disfrutar de ese sutil sufrimiento del cliente.
Pero los floristas de la noche viven otro tiempo. La ciudad duerme y ellos también quieren hacerlo. Acomodan su espalda en la silla. Colocan sus piernas en otra. Y arman lo que pueden. De vez en cuando escuchan algunos pasos de cerca y reaccionan. La noche es la lucha entre ellos y el sueño, entre sus productos y los fantasmas que los compran. La noche es el entierro de su esquina de flores arrancadas que simulan vida. Quizá el comprador de noche es el que tiene vergüenza de hacerlo de día. Quizá el vendedor de noche es el que no puede apaciguarla. Los floristas duermen y las flores mueren esperando que alguien ponga plata para el entierro.














